dAdA-nÚ - Castillos en el aire


El programa

"El Tango es Buenos Aires de noche. Es Gardel, Troilo y Piazzolla. Es cafetín, vino y pebeta. Es más que una danza, una música o una canción..."


Simplemente Tango érase una vez un programa realizado por Oscar Lopez Salaberry... Resultaba ser una magnífica
introducción a ese "sentimiento triste que se baila" . Al contrario de lo que el título sugiere, era más que simplemente tango. Era poesía, magia, nostalgia, era la alegría de vivir al compás del 2x4. Era una comunidad multiétnica unida en un único vértice.
El programa enamoraba desde el primer instante en el que se escuchaba. Don Oscar, y ocasionalmente su hijo Sebastian Lopez, nos guiaban desde el primer minuto de las nueve de la noche por las calles en las que se reprodujo el tango de todas las épocas. Las reflecciones que se podían escuchar noche a noche hacían que esa música no se quedara en la radio, sino que pasara a ser parte de la vida diaria del radioescucha.
Sin embargo... como todo lo bueno tiene un final... El 29 de febrero de 2008, luego de más de 7 años de transmisión, el programa salió del aire. Para los que fuimos parte de esto todavía lo extrañamos, más tenemos la fe de que un día nos volveremos a reunir.



Antiguamente...
Horario de transimisión:
9 p.m. - 10 p.m. de Lunes a Sábado
Emisora: Radio Eco (95.9 fm) Señal en Internet en http://www.radioeco.com/
Página web: simplementetangocr.webs.com (yo la hice! Jaja!) 


Descubrimiento y desarrollo

Que el estar perdidamente enamorada del tango a los 17 años es extraño? Claro que sí lo es.
Este programín llamado Simplemente Tango y su locutor fueron los culpables.
Todo empezó qué se yo cual día en el 2006... Iba yo buscando quien sabe cual emisora y de repente oí un tango. Días antes, no me acuerdo con quien (que buena memoria tengo para los eventos, verdad??), estaba discutiendo sobre el tango. Yo no sabía absolutamente nada, así que decidí seguir escuchando a ver si aprendía algo. Sonaba interesantísimo. La letra de la música era increible y más lo que decía el locutor. Noche a noche seguí escuchando el programa, hasta que se volvió un hábito.
Ahí nació mi pasión desmesurada por el tango. Compré cds, un sombrero, una agenda... y adquirí, más que todo, una vida y una característica distintiva. A mi no me gusta ser de esas personas que coleccionan detalles únicamente para ser diferentes a los demás. A mi me gusta el tango no solamente por jugar de rara, sino porque me atrapó desde aquella noche en la que oí el programa.
Tango, amén!

Y bueno... tengo el honor de poder decir que fui la primera, oficial, única e irrepetible columnista del programa! Todos los martes y viernes se leía una obra de mi autoría.

Los siguientes segmentos de esta página serán una selección de lo que se leyó. Disfrutenlo!

Poemas y relatos

En estos links se encuentran obras que han sido leídas en el programa. Abajo de cada uno, hay un espacio para que dejen comentarios y una calificación. Gracias!

Los Tangos de Estela
Hermanos de Padre Tango
Encuentro con el Padre Tango
El Tango inmortal
Café Vita en luna llena

Los Tangos de Estela

Este poema fue leido el año pasado, fuera del "columnismo" jeje. También fue el primer trabajo de mi autoría transmitido por la radio.


Si Manzi tenía a su Malena...
Yo puedo tener a mi Estela...
Él, alguien a quien quería...
Yo, alguien que, en mi alma, soy...

Los Tangos de Estela

Homenaje a Homero Manzi


El cielo se abre, y cae como lluvia

la luz de la luna que recién se asoma.

Porque es noche, es hora de que fluya

el tango que le hace al tiempo su broma.

 

Pasa adelante, a la tenue luz, Estela

para tener unos mangos y divertir un poco.

Entona voz cual si fuese valiente grela

y llama con ella a uno que otro loco.

 

Es noche de los tangos de Estela,

los que canta por pura pasión.

Ella misma, inocente, se consuela

de los males del pasado, del corazón.

 

En una esquina de ese oscuro lugar

en donde sus tangos se casan con algún oído,

la magia de Estela parece volar

entre tanto corazón desabrido.

 

Pasan por su garganta cientos de años,

Piazzolla, Ferrer, Canaro, Gardel,

mil dolores, mil desengaños,

injusticia y de amor todo un vergel. 

 

En cada gesto parece llevar

prodigiosa magia dorada.

Poco a poco su cantar

esconde a su alma vulnerada.

 

Y canta, canta Estela

al son triste de un bandoneón.

No solo ella se desvela,

se desvela también su corazón…

©Daniela Murillo Castro



Hermanos de Padre Tango

Lentamente se aparece en mi pieza la figura extraña y elegante de un hombre que insólitamente se parece a un maniquí. Con sombrero en la cabeza, un negro traje abrazando su cuerpo, una corbata y un sombrero completando el singular atuendo se aparece Carlitos, el mismísimo Gardel que venía evocando hace meses.

Sorprendida me pregunto porque el zorzal se apareció aquí, en la estancia privada de una niña por cuyo cuerpo han transcurrido solo dieciséis años. ¿Porqué no en otro lugar… más cerca de su tierra, de las calles por las cuales transitaron sus amores, esos que ya se han ido?

“Vení, sentate aquí” le he dicho, como si ese espectro fuera un amigo de confianza. Al dirigirse al lugar que le he señalado, me reclama con su voz puerilmente adulta que por qué no he hecho aún un poco de mate. Me dice que haga algo con la bolsita que desde las alturas de un anaquel me pide a gritos que la baje. “Es que no tengo donde prepararlo…” le contesté. “¿Dulce o amargo?” me pregunta. Le respondo “dulce”, pensando en verdad en lo dulce de su sonrisa, en la gentileza de su mirar.

Como un mago, de su sombrero ha sacado dos mates y sentándose al pie de mi cama me pregunta “y vos, ¿que hacés?”. No deseando contestar lo habitual, le digo que vivo la vida bohemia. Con perspicacia me pregunta “¿La vida bohemia… la vivís, o la querés vivir?”

Es cierto, yo no vivo una vida bohemia…

Al ver en mi rostro la respuesta, Carlitos me invita a cantar, a recitar junto a el las notas mas sentidas, las notas del tango. Cantamos, cantamos sobre amores perdidos, traiciones, desencantos, amistad, muerte y vida. Evocamos el soliviantado sonido del bandoneón. Y aunque el bandoneonísta mas cercano esté quizás en otra ciudad, resuena su queja en el círculo etéreo de nuestra canción… y suenan guitarras, pianos, violines… suena el tango.

Aunque sea yo una novísima muchachilla en esto de malevajes y pasión, arranco las notas de mi corazón neotanguero y canto lo mejor que puedo, pues a mi lado está Carlos Gardel.

Terminando de cantar un tango más, me pregunto de nuevo que hace Gardel visitando a una mariposilla tica acariciada por solo dieciséis años. Luego de preguntarle me contesta que ya el tango vive en todos lados, que el mundo entero es su hogar y que no podía perderse la oportunidad de darle su real noche bohemia a esta mariposilla tanguera.

Sonriendo me atrevo a abrazarlo, como a un íntimo amigo. En un instante me veo envuelta en un abrazo fraternal, porque el tango nos une a todos, aunque hablemos de Carlos Gardel y Daniela Murillo…

Separándome de ese abrazo abro la ventana y viendo la luna seguimos cantando abrazados como hermanos… hermanos de padre Tango.

©Daniela Murillo Castro


Encuentro con el Padre Tango

Esta es la segunda parte de "Hermanos de Padre Tango". Fue lo que causó que don Oscar me propusiera trabajar en el "columnismo" de los martes.

Encuentro con el padre Tango

 
Siento que por la puerta está a punto de aparecerse otro de mis compañeros sobrenaturales. Otro más de aquellos que suelen entrometerse cuando del lápiz brota poesía, cuando el libro de quejas del arrabal se abre y regala como fragancias las notas resonantes de su canción. Entra furtivamente una sombra alta, imponente y de caminar seguro. En un corto instante miro su rostro y percibo más que todo su mirar, el más humilde del mundo.
 
Se han apagado las luces. Me pongo de pie casi por instinto. Se han escapado las notas del tango que resonaba en los parlantes y que bailaban mis oídos. Tropiezo en la oscuridad, pero me detiene la sombra. Mi mano se apoya en el hombro de aquel misterioso señor y siento que está empapado. Con la otra mano he tomado por accidente la suya. Es una mano firme y fuerte como el martillo de un herrero, pero suave como el más fino terciopelo. Efímeramente cubre mi mano con la suya y me empieza a guiar en un baile. De repente empieza a sonar de nuevo la música y yo, sin haber bailado nunca un tango, cierro los ojos, muevo mis pies y súbitamente me siento volátil como una hoja en un vendaval.
 
Abro los ojos y me doy cuenta que se han prendido las luces. Al fin he podido mirar bien el rostro de ese señor. Sus ojos sinceros me acogen con un amor paternal, su boca parece haber cantado más de mil amores y resentimientos. En su cara se vislumbran unas cicatrices. Rasguños, cortadas, golpes… todo estaba reflejado en su rostro. Hasta me pareció ver una marca muy similar a la del Zorzal Criollo, mi pasado visitante.
 
Se ha separado de mi y se ha subido las mangas del saco, quien sabe para que. Me sorprendo al ver en su brazo más cicatrices, pero lo que más me asombra es ver una igual a la que un gato juguetón me hiciera a mí hace algunos años.

Me atrevo a dejar de observarlo silenciosamente y le pregunto quien es.
 
Yo soy el Tango, me responde con una voz ronquetona.
 
¿El Tango?, le pregunto sorprendida.
 
Al instante entiendo. El hombro empapado por las lagrimas de tantos tangueros que han dejado ahí sus dolores, las cicatrices por los golpes que ha recibido cuando ronda por las calles de nuestra amargura, esas cicatrices que nos reflejan a cada uno de nosotros, a cada ser que lo busca y lo adora… enseguida comprendo que frente a mi esta la gran figura, que en verdad ahí esta EL Tango.
 
Como despidiéndose de mi, me abraza. Me siento reconfortada por poder abrazar después de tanto tiempo a un hombre, pues al hacer falta el padre de uno, lo mejor es encontrar en el tango un padre. Por eso le decía yo el otro día a Carlitos que él y yo somos hermanos de padre Tango…


©Daniela Murillo Castro


El Tango Inmortal


Eran las cinco de la tarde de un jueves cualquiera. Las nubes de invierno pintaban un claro panorama de lluvia. En una acera se dejaba mirar un hombre con su hija, una niña muy linda la cual miraba con asombro los cientos de figuras que pasaban a su lado. De repente, ejerciendo su curiosidad pueril, la niña detuvo su presuroso andar y se quedó mirando a un perro que al parecer ya era tan solo piel y huesos.

-Mirá papá, ¿que le ha pasado al perrito?- dijo, extendiendo su pie para mover el costado del animal.

-No toqués al perrito, Sofía, que te podés enfermar.- le respondió su padre, alarmado.

-Pero mirá, no se mueve ni hace nada...- dijo la pequeña, sorprendida.

-Parece que el perrito está muerto, mejor dejalo en paz.- le dijo, apartándola del cadáver.

-¿Y por eso es que no se mueve?- preguntó la pequeña.

-Si, vamos... Vamos, no vaya a ser que nos llueva.- le respondió, apartándola de nuevo y siguiendo su camino.

Mientras su padre caminaba, la niña no podía parar de pensar en aquello que había visto. "Está muerto", ¿qué iba a saber ella lo que significaba estar muerto? La niña supuso entonces que cada cosa que no se moviera debería estar muerta.

-Papá, aquel edificio no se mueve...- dijo la niña al mirar los edificios que estaban al otro lado de la calle. -Ni aquel, ni aquel...-

-No, claro que no, los edificios no se mueven.-

-Entonces, ¿los edificios también están muertos?-

-Si, Sofía, si... Los edificios están muertos.- le respondió para salir del paso.

Entonces si... cada cosa que no se moviera debería estar muerta. La niña pensó que su suposición había sido comprobada. Una banca, un poste de luz, una puerta... hasta un mendigo que dormía a un lado de la calle, todo aquello podía no tener vida. Al seguir caminando por la calle, la niña vio que una pareja se abrazaba, inmóvil. Estaban rodeados por mucha gente. Le resultó muy curioso que algo muerto causara tanta atención. Pero, para su sorpresa, la pareja se comenzó a mover de pronto. Hacían algo muy bonito, entrecruzaban sus piernas y se movían de un lado al otro, pero conservando su abrazo.

-¡Papá, miralos, revivieron!- dijo la pequeña, jalando del brazo a su padre para ver más de cerca tan insólito espectáculo.

-¿Qué pasa, Sofía?- le preguntó su padre, sin entender lo que pasaba por la mente de la niña.

-Hace un rato estaban muertos y ahora miralos, ¡se mueven! ¿Qué fue lo que hicieron, papá?- le dijo, señalando a la pareja eufóricamente.

-Están bailando tango nada más, hija.- le indicó.

-¿Tango?- le preguntó, con su carita inocente llena de duda.

-Si hija, miralos. ¿Te gusta?-

-Si papá pero entonces… ¿el tango no lo deja a uno morirse?-

-¿Pero que decís?-

-Si papá, ellos dos estaban muertos pero el tango no los dejó que se murieran… miralos, tan abrazados, deben de quererse mucho. ¿Ellos se abrazan por el tango?-

-Si, es porque eso es parte del baile. Pero…-

 -No los deja morirse y hace que se quieran… ha de ser un señor muy bueno el tango, ¿verdad papá?-

©Daniela Murillo Castro


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Café Vita en luna llena

En el programa no lo dijeron... Pero esta pequeña historia la hice mayormente pensando en la otra mitad del dúo de la historia, la señorita Perestroika, Decius Brutus, Lenin... Osea, Daniela Arguedas! Mi amiguísima del alma... ella es igual a la muchacha que visitó el Café Vita esa noche... Luna y café! 

Café Vita en luna llena    

        En una endeble noche en la que no había estrellas, se encontraba en la calle una muchacha de rostro abatido. La luna llena se reflejaba en un par de espejos que brotaban de sus ojos. Era una de esas noches en las que la melancolía era la única pareja de baile disponible para su corazón. Como es usual cuando se esta triste, cuando miraba a su alrededor, todo lo que lograba ver eran puras caras de regocijo. En una parada de autobús logró ver a una niña jugando con su madre, una pareja aniquilando el frío con su abrazo, una muchacha dibujando en su cuaderno un rostro lleno de tranquilidad… En una ventana, logró ver también la silueta de un muchacho que reía. Todo el mundo constituía para ella una razón de envidia.

Sin voluntad para seguir con su trayecto, se adentró en un café que se cruzó en su camino. Pasando el rótulo en el que se leía “Café Vita”, se sentó en una esquina, lejos de la luz y la visión de todo aquel ingrato mundo. Pidió un café amargo y una porción de pastel de chocolate, la más empalagosa si era posible. Esperaba que la serotonina en él le ayudara un poco a su cerebro a asimilar todo aquello tan ilógico.

Sin tener nada más que hacer, se puso a observar el lugar. Al mirarlo, pensó que sería mucho más jovial de día. Pero, siendo de noche, el lugar había adquirido cierto tono doliente. Al ojear las otras mesas, se dio cuenta de que no había ni una sola persona acompañada, todos los rostros que la rodeaban tenían la misma expresión que el suyo. También, extrañamente, no había ni una sola azucarera en las mesas y todos estaban comiendo pastel de chocolate.

Al instante llegó el mesero con el pedido monótono de la noche. Al saborear lo que le habían traído, pensó que en efecto ese era el café más amargo y el pastel más empalagoso que había probado. Entre sorbos de café y caras afligidas, le llegó el rumor de una música que parecía irreal, tan solo por el hecho que era tan melancólica como su estado actual. Al oír la letra y el sentimiento con el que la canción se mezclaba en el ambiente, no pudo hacer más que romper en llanto.

“Primero hay que saber sufrir,
después amar, después partir
y al fin andar sin pensamiento...
Perfume de naranjo en flor,
promesas vanas de un amor
que se escaparon con el viento.
Después... ¿qué importa el después?
Toda mi vida es el ayer
que me detiene en el pasado,
eterna y vieja juventud
que me ha dejado acobardado
como un pájaro sin luz.”

Antes de apoyar la cabeza sobre la mesa como símbolo de rendición ante todas las memorias que retornaban para atacarle, pudo ver que las personas que estaban a su alrededor tuvieron una reacción parecida. Allí estaban, sintiendo su mismo dolor, lagrimeando o apretando el puño. Entonces se dejó caer también, pensando no solo en lo que le afligía, sino también en esa extraña coincidencia que la hacía sentir que, después de todo, no estaba tan sola.

Cuando su café ya estaba frío, levantó la cabeza y miró a su lado. El mesero parecía estar calentando más café. De nuevo puso atención al ambiente y se encontró con que aquella música vetusta le hablaba de nuevo.

 “Verás que todo el mentira,
verás que nada es amor,
que al mundo nada le importa...
¡Yira!... ¡Yira!...
Aunque te quiebre la vida,
aunque te muerda un dolor,
no esperes nunca una ayuda,
ni una mano, ni un favor.”

            Aquella canción le decía que no podía seguir esperando a que la vida se pusiera mejor, a que alguien le diera una mano para sacarla de ese hoyo. Por cada lágrima que llorara sobre aquella mesa, no saldría mágicamente una solución. Las paredes de ese café le indicaban que se levantara, que volviese allí cuando fuera de día, no en la noche, en ese tiempo reservado para las penas y el café amargo.

            Siguiendo las instrucciones de tan sabio compañero, pidió la cuenta y en cuanto pagó se fue. Se fue, dejando al Café Vita llorar por el mundo, purgando todos los males de aquellos que se sentaron en sus sillas.  Al día siguiente ese ambivalente lugar expiatorio estaría allí, preparándole un nuevo destino con más melodías, esta vez llenas de café dulce y una nueva voluntad para sonreír, o bien para cantar con ella en las noches aquellos tangos que, depurando el alma, hacen resurgir de las cenizas.

 ©Daniela Murillo Castro

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