
Que el estar perdidamente enamorada del tango a los 17 años es extraño? Claro que sí lo es.
Todos los martes y viernes se leía una obra de mi autoría. 
Los Tangos de Estela
Homenaje a Homero Manzi
El cielo se abre, y cae como lluvia
la luz de la luna que recién se asoma.
Porque es noche, es hora de que fluya
el tango que le hace al tiempo su broma.
Pasa adelante, a la tenue luz, Estela
para tener unos mangos y divertir un poco.
Entona voz cual si fuese valiente grela
y llama con ella a uno que otro loco.
Es noche de los tangos de Estela,
los que canta por pura pasión.
Ella misma, inocente, se consuela
de los males del pasado, del corazón.
En una esquina de ese oscuro lugar
en donde sus tangos se casan con algún oído,
la magia de Estela parece volar
entre tanto corazón desabrido.
Pasan por su garganta cientos de años,
Piazzolla, Ferrer, Canaro, Gardel,
mil dolores, mil desengaños,
injusticia y de amor todo un vergel.
En cada gesto parece llevar
prodigiosa magia dorada.
Poco a poco su cantar
esconde a su alma vulnerada.
Y canta, canta Estela
al son triste de un bandoneón.
No solo ella se desvela,
se desvela también su corazón…
©Daniela Murillo Castro
Sorprendida me pregunto porque el zorzal se apareció aquí,
en la estancia privada de una niña por cuyo cuerpo han transcurrido solo
dieciséis años. ¿Porqué no en otro lugar… más cerca de su tierra, de las calles
por las cuales transitaron sus amores, esos que ya se han ido?
“Vení, sentate aquí” le he dicho, como si ese espectro fuera
un amigo de confianza. Al dirigirse al lugar que le he señalado, me reclama con
su voz puerilmente adulta que por qué no he hecho aún un poco de mate. Me dice
que haga algo con la bolsita que desde las alturas de un anaquel me pide a
gritos que la baje. “Es que no tengo donde prepararlo…” le contesté. “¿Dulce o
amargo?” me pregunta. Le respondo “dulce”, pensando en verdad en lo dulce de su
sonrisa, en la gentileza de su mirar.
Como un mago, de su sombrero ha sacado dos mates y sentándose
al pie de mi cama me pregunta “y vos, ¿que hacés?”. No deseando contestar lo
habitual, le digo que vivo la vida bohemia. Con perspicacia me pregunta “¿La
vida bohemia… la vivís, o la querés vivir?”
Es cierto, yo no vivo una vida bohemia…
Al ver en mi rostro la respuesta, Carlitos me invita a
cantar, a recitar junto a el las notas mas sentidas, las notas del tango.
Cantamos, cantamos sobre amores perdidos, traiciones, desencantos, amistad,
muerte y vida. Evocamos el soliviantado sonido del bandoneón. Y aunque el bandoneonísta
mas cercano esté quizás en otra ciudad, resuena su queja en el círculo etéreo
de nuestra canción… y suenan guitarras, pianos, violines… suena el tango.
Aunque sea yo una novísima muchachilla en esto de malevajes
y pasión, arranco las notas de mi corazón neotanguero y canto lo mejor que
puedo, pues a mi lado está Carlos Gardel.
Terminando de cantar un tango más, me pregunto de nuevo que
hace Gardel visitando a una mariposilla tica acariciada por solo dieciséis
años. Luego de preguntarle me contesta que ya el tango vive en todos lados, que
el mundo entero es su hogar y que no podía perderse la oportunidad de darle su real
noche bohemia a esta mariposilla tanguera.
Sonriendo me atrevo a abrazarlo, como a un íntimo amigo. En
un instante me veo envuelta en un abrazo fraternal, porque el tango nos une a
todos, aunque hablemos de Carlos Gardel y Daniela Murillo…
Separándome de ese abrazo abro la ventana y viendo la luna seguimos cantando abrazados como hermanos… hermanos de padre Tango.
©Daniela Murillo Castro
Encuentro con el padre Tango
Siento que por la puerta está a
punto de aparecerse otro de mis compañeros sobrenaturales. Otro más de aquellos
que suelen entrometerse cuando del lápiz brota poesía, cuando el libro de
quejas del arrabal se abre y regala como fragancias las notas resonantes de su
canción. Entra furtivamente una sombra alta, imponente y de caminar seguro. En
un corto instante miro su rostro y percibo más que todo su mirar, el más
humilde del mundo.
Se han apagado las luces. Me
pongo de pie casi por instinto. Se han escapado las notas del tango que
resonaba en los parlantes y que bailaban mis oídos. Tropiezo en la oscuridad,
pero me detiene la sombra. Mi mano se apoya en el hombro de aquel misterioso
señor y siento que está empapado. Con la otra mano he tomado por accidente la
suya. Es una mano firme y fuerte como el martillo de un herrero, pero suave
como el más fino terciopelo. Efímeramente cubre mi mano con la suya y me
empieza a guiar en un baile. De repente empieza a sonar de nuevo la música y
yo, sin haber bailado nunca un tango, cierro los ojos, muevo mis pies y
súbitamente me siento volátil como una hoja en un vendaval.
Abro los ojos y me doy cuenta que
se han prendido las luces. Al fin he podido mirar bien el rostro de ese señor.
Sus ojos sinceros me acogen con un amor paternal, su boca parece haber cantado
más de mil amores y resentimientos. En su cara se vislumbran unas cicatrices. Rasguños,
cortadas, golpes… todo estaba reflejado en su rostro. Hasta me pareció ver una
marca muy similar a la del Zorzal Criollo, mi pasado visitante.
Se ha separado de mi y se ha
subido las mangas del saco, quien sabe para que. Me sorprendo al ver en su
brazo más cicatrices, pero lo que más me asombra es ver una igual a la que un
gato juguetón me hiciera a mí hace algunos años.
Me atrevo a dejar de observarlo silenciosamente
y le pregunto quien es.
Yo soy el Tango, me responde con
una voz ronquetona.
¿El Tango?, le pregunto
sorprendida.
Al instante entiendo. El hombro
empapado por las lagrimas de tantos tangueros que han dejado ahí sus dolores,
las cicatrices por los golpes que ha recibido cuando ronda por las calles de
nuestra amargura, esas cicatrices que nos reflejan a cada uno de nosotros, a
cada ser que lo busca y lo adora… enseguida comprendo que frente a mi esta la
gran figura, que en verdad ahí esta EL Tango.
Como despidiéndose de mi, me
abraza. Me siento reconfortada por poder abrazar después de tanto tiempo a un
hombre, pues al hacer falta el padre de uno, lo mejor es encontrar en el tango
un padre. Por eso le decía yo el otro día a Carlitos que él y yo somos hermanos
de padre Tango…
-Mirá papá, ¿que le ha
pasado al perrito?- dijo, extendiendo su pie para mover el costado del animal.
-No toqués al perrito,
Sofía, que te podés enfermar.- le respondió su padre, alarmado.
-Pero mirá, no se mueve ni
hace nada...- dijo la pequeña, sorprendida.
-Parece que el perrito está
muerto, mejor dejalo en paz.- le dijo, apartándola del cadáver.
-¿Y por eso es que no se
mueve?- preguntó la pequeña.
-Si, vamos... Vamos, no
vaya a ser que nos llueva.- le respondió, apartándola de nuevo y siguiendo su
camino.
Mientras su padre caminaba,
la niña no podía parar de pensar en aquello que había visto. "Está
muerto", ¿qué iba a saber ella lo que significaba estar muerto? La niña
supuso entonces que cada cosa que no se moviera debería estar muerta.
-Papá, aquel edificio no se
mueve...- dijo la niña al mirar los edificios que estaban al otro lado de la
calle. -Ni aquel, ni aquel...-
-No, claro que no, los
edificios no se mueven.-
-Entonces, ¿los edificios
también están muertos?-
-Si, Sofía, si... Los
edificios están muertos.- le respondió para salir del paso.
Entonces si... cada cosa
que no se moviera debería estar muerta. La niña pensó que su suposición había
sido comprobada. Una banca, un poste de luz, una puerta... hasta un mendigo que
dormía a un lado de la calle, todo aquello podía no tener vida. Al seguir
caminando por la calle, la niña vio que una pareja se abrazaba, inmóvil.
Estaban rodeados por mucha gente. Le resultó muy curioso que algo muerto
causara tanta atención. Pero, para su sorpresa, la pareja se comenzó a mover de
pronto. Hacían algo muy bonito, entrecruzaban sus piernas y se movían de un
lado al otro, pero conservando su abrazo.
-¡Papá, miralos,
revivieron!- dijo la pequeña, jalando del brazo a su padre para ver más de
cerca tan insólito espectáculo.
-¿Qué pasa, Sofía?- le
preguntó su padre, sin entender lo que pasaba por la mente de la niña.
-Hace un rato estaban
muertos y ahora miralos, ¡se mueven! ¿Qué fue lo que hicieron, papá?- le dijo,
señalando a la pareja eufóricamente.
-Están bailando tango nada
más, hija.- le indicó.
-¿Tango?- le preguntó, con
su carita inocente llena de duda.
-Si hija, miralos. ¿Te
gusta?-
-Si papá pero entonces… ¿el
tango no lo deja a uno morirse?-
-¿Pero que decís?-
-Si papá, ellos dos estaban muertos pero el tango no los dejó que se murieran… miralos, tan abrazados, deben de quererse mucho. ¿Ellos se abrazan por el tango?-
-Si, es porque eso es parte del baile. Pero…-
-No los deja morirse y hace que se quieran… ha de ser un señor muy bueno el tango, ¿verdad papá?-
©Daniela Murillo Castro
Sin
voluntad para seguir con su trayecto, se adentró en un café que se cruzó en su
camino. Pasando el rótulo en el que se leía “Café Vita”, se sentó en una
esquina, lejos de la luz y la visión de todo aquel ingrato mundo. Pidió un café
amargo y una porción de pastel de chocolate, la más empalagosa si era posible.
Esperaba que la serotonina en él le ayudara un poco a su cerebro a asimilar todo
aquello tan ilógico.
Sin
tener nada más que hacer, se puso a observar el lugar. Al mirarlo, pensó que
sería mucho más jovial de día. Pero, siendo de noche, el lugar había adquirido
cierto tono doliente. Al ojear las otras mesas, se dio cuenta de que no había
ni una sola persona acompañada, todos los rostros que la rodeaban tenían la
misma expresión que el suyo. También, extrañamente, no había ni una sola
azucarera en las mesas y todos estaban comiendo pastel de chocolate.
Al instante llegó el mesero con el pedido monótono de la noche. Al saborear lo que le habían traído, pensó que en efecto ese era el café más amargo y el pastel más empalagoso que había probado. Entre sorbos de café y caras afligidas, le llegó el rumor de una música que parecía irreal, tan solo por el hecho que era tan melancólica como su estado actual. Al oír la letra y el sentimiento con el que la canción se mezclaba en el ambiente, no pudo hacer más que romper en llanto.
“Primero hay que saber sufrir,
después amar, después partir
y al fin andar sin pensamiento...
Perfume de naranjo en flor,
promesas vanas de un amor
que se escaparon con el viento.
Después... ¿qué importa el después?
Toda mi vida es el ayer
que me detiene en el pasado,
eterna y vieja juventud
que me ha dejado acobardado
como un pájaro sin luz.”
Antes
de apoyar la cabeza sobre la mesa como símbolo de rendición ante todas las
memorias que retornaban para atacarle, pudo ver que las personas que estaban a
su alrededor tuvieron una reacción parecida. Allí estaban, sintiendo su mismo
dolor, lagrimeando o apretando el puño. Entonces se dejó caer también, pensando
no solo en lo que le afligía, sino también en esa extraña coincidencia que la
hacía sentir que, después de todo, no estaba tan sola.
Cuando
su café ya estaba frío, levantó la cabeza y miró a su lado. El mesero parecía
estar calentando más café. De nuevo puso atención al ambiente y se encontró con
que aquella música vetusta le hablaba de nuevo.
verás que nada es amor,
que al mundo nada le importa...
¡Yira!... ¡Yira!...
Aunque te quiebre la vida,
aunque te muerda un dolor,
no esperes nunca una ayuda,
ni una mano, ni un favor.”
Aquella canción le decía que no podía seguir esperando a
que la vida se pusiera mejor, a que alguien le diera una mano para sacarla de
ese hoyo. Por cada lágrima que llorara sobre aquella mesa, no saldría
mágicamente una solución. Las paredes de ese café le indicaban que se
levantara, que volviese allí cuando fuera de día, no en la noche, en ese tiempo
reservado para las penas y el café amargo.
Siguiendo las instrucciones de tan sabio compañero, pidió
la cuenta y en cuanto pagó se fue. Se fue, dejando al Café Vita llorar por el
mundo, purgando todos los males de aquellos que se sentaron en sus sillas. Al día siguiente ese ambivalente lugar
expiatorio estaría allí, preparándole un nuevo destino con más melodías, esta
vez llenas de café dulce y una nueva voluntad para sonreír, o bien para cantar
con ella en las noches aquellos tangos que, depurando el alma, hacen resurgir
de las cenizas.
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